TARDE DE TORMENTA
- Rubén Suárez Carballo

- 4 abr 2019
- 2 Min. de lectura

Salí a mendigar un compañero de cordada como en alguna que otra ocasión. Era domingo y el último día de un marzo poco productivo en actividad. Traía la necesidad de desconectar de la ocupación política por un momento. Sí, la política entra dentro de todos los escenarios de aventura que piso. En cierta medida es una aventura, pero humana.
La meteo daba riesgo de tormenta a media tarde pero las ganas apretaban más que nada. Me acompañó María hasta los acantilados de Baroña. El sendero nos llevó hasta un grupo que había venido a pasar el día escalando, algunos conocidos y otros por conocer. Rescaté a Pive del cansancio y los dedos ya casi comidos por la roca. Pive es un argentino y un amigo común también del Mar de la Plata, Pablo, que se nos fue a buscar la vida en Barcelona.
Pive se prestó a asegurarme. Me metí en una vía no muy complicada para calentar los músculos y la repetí después con la cuerda por arriba. Pive no la había hecho así que quiso probarla. Después nos movimos al "Diedro Armería" para escalar la fisura y que viese y probase el salto, convenciéndolo que no tiene complicación alguna. Solo un mínimo de decisión y ya está.
Tuvimos que esperar unos minutos a que otra cordada desmontase su tinglado pero un cielo plomizo nos cubrió como una boina descargando unos gotones que preludiaban lo que debía entenderse como un tormentón de primavera. Todos los que estábamos allí comenzamos a recoger apresurados antes de que el chaparrón final nos dejase debajo del diluvio universal moviéndonos por una roca muy resbaladiza
María y yo llegamos al collado donde el paisaje se abre con los surfistas y la playa de Area Maior a la izquierda y el Castro de Baroña justo en frente. Hacia este lado el sol todavía colaba rayos mientras la boina negra seguía sobre la escuela de escalada diluyéndose al final cuando ya nos íbamos de vuelta con el coche entre mil pestes por haber escapado del aguacero como cobardes. Al menos yo. Solo aprovechamos el viaje para meternos de lleno en el corazón de la Sierra del Barbanza y visitar la cascada de Ribasieira que hacía unos veinte años había descendido y por la que no volví.
Lo peor vino después cuando empezaron a entrarme llamadas y uasaps porque justo en frente a donde estábamos, quizás una imprudencia asociada al exceso de confianza se cobraba el alma de otro aventurero que caía desde 30 metros en el Monte Louro preparando una maniobra de rapel.
Cuando María me pasó unas fotos que había hecho vi encima de nuestras cabezas esa nube negra que, como un fantasma, parecía que entraba a devorarnos.
Para el colega de Louro, mi lugar de veraneo y sobre una pared que ya le había echado el ojo el verano anterior, la suerte la tenía echada.

Ché Pive, que bueno que viniste !!



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