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UNA MÉDICO EN PORCAY

Eva con Ivan.JPG

La leña para las hogueras siempre es un problema. Donde hay ocasión se compra y donde no las cocineras o alguno de los arrieros se las buscan para aparecer con ella. Desde los glaciares del Camballa nace un riachuelo que suministra agua a Porcay. A sus orillas llegó, imagino que con alguna crecida, un tronco de considerables proporciones y que parecía no haberle interesado a nadie de la aldea. Jorge bautizó al equipo como“Los aventureros de Choquetira”, y fuimos nosotros quienes decidimos sacarlo del río entre muchas risas provocadas con una caída de José Ramón al agua y que yo me llevase un par de astillas de regalo en la palma de la mano. La recompensa fue una buena pieza de madera que ayudó a pasar con calor y mucho humo una de las más extrañas noches que hemos vivido entre todas las que suceden durante una expedición.

Creo que había sido Jorge quien encontró una cabaña con servicio de tiendecita y la venta de alcohol a base de cerveza Cusqueña con la que no contábamos en uno de los lugares más remotos del planeta. De la tienda no solo vino la cerveza. Nos acompañó el resto de la velada el hijo del dueño. Un adolescente avispado que mostraba mucho interés por todo lo que estábamos haciendo. Lo invitamos a cenar y a quedarse con nosotros. Tenía cara de buena persona, acompañada de educación, humildad y proyecto de futuro. Le pedí que se hiciese una foto conmigo, con Porcay y el Camballa de fondo.

- Me la puedes enviar? – me preguntó. Tengo correo electrónico.

- Claro – respondí con cara de sorpresa al no poder imaginar como iba o cuando podría acceder a internet.

Cuando ya estábamos todos juntos empezó a contarnos un poco su vida.

- Me llamo Nilson Huamán Macías. Vivo en el Cusco y a usted Dóctor – dijo mirándolo – lo reconozco de verlo en la ciudad.

A todos se nos abrieron los ojos. Estábamos lejos de cualquier parte y más lejos aún de una ciudad, lejos de todo y al escucharlo más inmersos que nunca en el mundo. Parecía extraño. El sol aun no se había puesto pero la oscuridad caía con los segundos.

- ¿Y que haces en Cusco? – preguntó Santiago.

- Vivo allí, quiero hacer turismo.

- Pues eso está muy bien. Nosotros estamos abriendo una ruta para el turismo y esta puedes explotarla tú trayendo a gente de fuera para que conozcan todo esto que es muy bonito. ¿Pero eres de aquí? – preguntó el Dóctor.

- Vine de visita, mi padre es el que tiene las reservas de cerveza – refiriéndose a la tiendecita.

- ¿Y tienes más hermanos?

-Somos cinco hermanos, dos varones y tres mujeres – respondió.

- ¿Y tienes más cervezas? – preguntó otro…

Encontramos una pequeña zanja propicia para albergar la hoguera, además al estar abierta por un lado aseguraba una proyección del calor. La niebla descendió hasta ocupar tímidamente el valle. Con ese suave y frío telón blanco nos hicimos todos juntos una foto con Nilson sentado al lado del Dóctor. Una tienda de cúpula plateada, un suelo de hierba verde y una cerveza de un litro ocupando el centro completaban el resto de la estampa.

Una hora antes de que anocheciese se acercó un hombre a buscarnos. Era Benito Huilca Quipo. Había oído que viajaba con nosotros una médica. Le pidió a Eva si podía acercarse a ver a su nieto, que llevaba mal ya mucho tiempo y no se recuperaba.

- Lo ha visto algún médico? – preguntó Eva.

- No doctora, no lo ha visto nadie, aquí es muy difícil llegar – respondió Don Benito.

 

Acompañé a Eva con mi cámara de fotos para nuestro reportaje y no dejarla tan sola. Iván, el hijo de Pascuala nos llevó el bolso con material médico y farmacéutico. Eva caminaba preocupada.

- Eva, cuando preparamos este viaje, te dije que tenías que mentalizarte para encontrarte con casos en los que a lo mejor poco podrías llegar a hacer. Es imposible en estas condiciones de vida – le recordé.

- Si fuese en el hospital de Vigo sería diferente y es inevitable sentirme impotente –ratificó.

- Eva, si fuese en Vigo todo es más fácil aún en lo peor. A veces creo que no valoramos lo que se ha conseguido.

 

El trayecto era corto y no daba para mucha conversación, además era de subida, aunque no muy pronunciada pero sí lo suficiente para no echar carreras. Iván caminaba detrás, portando el bolso a la espalda y el abuelo del niño lo hacía delante para mostrarnos el camino. Fui haciendo algunas fotografías, de nula calidad pero que me servirían para recordar el momento. La casa era de las últimas de Porcay, con el Nevado Camballa al fondo creando una postal típica de montaña. Saltamos un pequeño muro de piedras y accedimos al terreno de la casa. El señor se adelantó. Penetró en un ambiente completamente oscuro y cargado de humo. El abuelo salió con el nieto en brazos, cubierto con una manta. Eva esperaba de cuclillas, a dos metros de la entrada, buscando el fonendoscopio en el bolso. Unos ojos azabaches con brillos de miedo se fijaron en ella y después en el objetivo de mi cámara. El niño empezó a llorar asustado mientras el abuelo encontraba asiento en el suelo de hierba y recogía al pequeño en su regazo. Eva ya estaba lista y pidió que lo destapase.

-¿Cómo se llama? – preguntó Eva.

-Iván Michael – respondió el abuelo.

Eva intentó llamar la atención del niño para ganarse su confianza mientras pretendía retirarle unas ropas harapientas y sucias. Su rostro era de terror. Me surgió el debate interior entre la moralidad y la fotografía pero pensé en el testimonio que tendrían esas imágenes y yo tampoco podía ayudar de otra manera. Traté de no molestar mucho porque el niño no colaboraba y se estaba poniendo muy alterado. De la casa salió una mujer joven de muy baja estatura y con ropas coloridas que se dirigió hacia Don Benito. Era la madre que le retiraba el niño para recogerlo en sus brazos. Se sentó en el suelo sobre una lana de oveja. Empezó a desnudarlo entre tibios alaridos y pocas dosis de rebeldía. Nuestra médico soltó un bombardeo de preguntas propias de la profesión para obtener un juicio clínico sin llegar a un entendimiento certero de las respuestas. No comía y llevaba muchos días sin ganas de jugar y enredar. Después le hizo una exploración que Iván, el hijo de Pascuala, siguió con mucha curiosidad mientras mi objetivo daba cuenta de un instante muy humano. La mirada de Iván Michael era de tal expresión que intensificaba mi sensibilidad. La historia que teníamos delante no era lo mejor del mundo. En cierta medida me recordó un poco a la de mi padre. Una madre soltera y una vida pobre de posguerra, aunque en este caso el escenario, la magnitud del paisaje y el aislamiento semejaban convertirlo en más infortunado. La tarde enfriaba rápidamente y Porcay hacía ya un rato largo que había entrado en una sombra que dejaba el momento en una aureola más triste.

Eva le dio un cuarto de gramo de paracetamol y una jeringuilla de agua con isostar.

-No creo que sea más que un resfriado – diagnosticó. Esta gente no toma medicamentos y esto le ayudará mucho. Mañana lo sabremos.


 

Las reservas de cerveza a las que Nilson hizo mención comenzaron a desfilar poco a poco en el campamento. Fue un extra en la expedición con el que nadie contaba. Lo hicieron de dos en dos hasta un total de doce que completaron las existencias de la tienda del padre de Nilson. La tertulia que se inició después de la cena fue de lo más curiosa, tocando y debatiendo un montón de temas que unos y otros defendíamos con los mejores argumentos posibles. Como un gotero rápido, la dosis de alcohol que nos auto administrábamos ayudaba a que los contertulios fuésemos perdiendo las nociones de la cordura. Entre los útiles que habíamos inventariado para la montaña, estaba una botella de gasolina como combustible para un infiernillo. Después del fallo que habíamos tenido en la escalada al Choquezafra, comiendo frío durante cinco días, nos decidimos a llevar dos hornillos, uno de gas y otro de gasolina y la fortuna que esta vez nada había fallado a excepción de los cálculos en comida para la montaña. En Porcay, el momento más álgido de la noche, el carburante empezó a servir como avivador del fuego lanzando chorros a la hoguera. Con cada uno de ellos el Dóctor se echaba las manos a la cabeza pero sobre todo con el primero, cuando la llamarada se avivó bruscamente sin que nadie lo esperase.

-¡Estáis locos! – gritó el Dóctor. ¡Y eso que sois bomberos y deberías de saber lo peligroso que es!

-Tranquilo Dóctor – soltó alguno entre el sonido de una carcajada colectiva.

-¿Cómo que no pasa nada? ¡Eso puede incendiar la botella y generar una pequeña explosión que deja quemado a uno!

 

La conversación volvió a retomarse y también los sobresaltos cada vez que alguno del gremio cogía la botella para descargar un poco de combustible sobre la hoguera, provocando repentinas llamaradas acompañadas de improperios por quienes no lo esperaban.

La gasolina no duró mucho y se terminó en la tercera contribución que hicimos al fuego, manteniendo la cara de circunstancias del Dóctor, la inquietud de Eva como médico y las risas de los demás. En un momento de sosiego parlamentario, llegó la nota final con unos fuegos de artificio que creó Pablo. Yo vi que lanzaba un mechero al fuego, pero ni por asomo pensé que estaría con su carga de gas casi completa. Un mechero siempre es necesario en una expedición y no se prescinde de el así como así pero aquella noche estábamos para descontrolarlo todo. Reventó en una curiosa explosión a la que respondimos cubriéndonos en un sorpresivo gesto de protección.

-¡Ahora sí que estáis locos! – exclamó el Jefe. ¡Ahora sí que ya sé que viajo con una pandilla de descerebrados! – decía gesticulando y riéndose, pareciendo un bailarín ruso en una danza típica con su braga de cuello polar de color beige calada en su cabeza y su barba blanca.

La cerveza nos había dejado en un estado relajante, con un toque ebrio que unos, por capacidad, vivimos de una manera más exaltada que otros, pero a fin de cuentas, por la hora y el cansancio, en una tranquilidad apoderada de unas almas ya adormiladas.

Porcay despierta en la sombra mientras el sol golpea y hace brillar la cumbre del Camballa. En un breve espacio de tiempo la hierba del valle también recoge el calor de los rayos y nos anima a abrir la cremallera de la tienda. Enseguida hay vida completa en el campamento. El desayuno es abundante y las primeras risas de la jornada aparecen con el repaso de lo vivido hacía unas horas. Nos acercamos hasta donde estaba nuestro equipaje que se había amontonado al abrigo de unos muros de piedra de una cabaña de la comunidad y alejado de las tiendas unos cien metros. Allí estaban los arrieros preparando el reparto del peso para la carga de las mulas bajo la mirada de algunas mujeres que se habían acercado a observarnos y terminando de saciar su curiosidad con preguntas a Pascuala. También llegaron para hablar con Santi dos directivos de la comunidad, uno de ellos era Don Benito Huilca Quipo, el abuelo de Iván Michael, para exponerle los problemas y las carencias que tienen, con la intención de que Santiago mediase en su progreso.

-Dóctor hasta Porcay no llega ninguna trocha y tampoco tenemos luz eléctrica – expusieron los comuneros.

-Bueno, yo trasladaré ante las autoridades sus preocupaciones pero poco más puedo hacer – explicó el Jefe. Ahora lo que sí puedo dejarles son los primeros puntos de luz que tenga Porcay. Son unas lámparas que se cargan con la luz del sol y que les regala una empresa de donde somos nosotros. No dan mucha luz pero van a servir para señalar por ejemplo esta casa donde ustedes se reúnen. Es importante que durante el día les de el sol.

Una empresa de Órdenes que fabrica lámparas solares, Rama Couselo, hizo una donación después del proyecto que le presentó Santiago buscando su colaboración con la expedición y a la que muy amable y desinteresadamente accedieron. Hubo que protegerlas de la mejor manera posible en las mochilas pensando en el trasiego de bultos que supone el viaje en avión y en mulas, además del espacio que ocupaban y que tan necesario se hacía para nuestro propio material. Esas lámparas se dejaron en todas las aldeas por las que pasamos. Porcay recibía dos de ellas en manos de sus representantes locales a los que se les enseñaban una serie de recomendaciones que daba fabricante.

-¿Que tal está Iván Michael? – preguntó Eva a Don Benito. Subiremos a verlo en un momento.

-Bien doctora, a ustedes darle muchas gracias, está muy bien – respondió el abuelo. Tenía ganas de todo y ha jugado esta mañana.

Eso nos alegró muchísimo y nos fuimos con más entusiasmo a hacerle la visita. Ahora me contentaba haberle hecho las fotos el día anterior y completarlas con las que le haría en una historia de recuperación. Prescindimos ya del enorme bolso de material farmacéutico y médico. Eva se limitó a otra media pastilla de paracetamol, la jeringuilla y el bote de isostar. Remontábamos otra vez la cuesta hasta la casa, acompañados por el abuelo y Pascuala. La penumbra del atardecer del día anterior contrastaba con un sol cegador que alegraba el entorno y a nosotros.

-Eva, mira que son milagrosos los polvos hidratantes – bromeé. ¡Un cuarto de pastilla, agua isotónica y a triunfar!

-A ver, si tuviese algo más complicado no se arreglaría tan fácilmente. Y tiene falta de hidratación y mucha higiene.

Ivan Michael estaba sentado en el suelo de tierra en el porche de la casa, con una típica mantita de colores. Su cara no se parecía en nada a la de hacía unas horas y su mirada volvió a quedarse fijada sobre el objetivo de mi cámara. Sus ojos mostraban una curiosidad enorme para todo lo que yo hacía con mi Sony, como si todo su recelo de la noche anterior estuviese guardado en este artilugio. No se inmutaba con la presencia de Eva que estaba en cuclillas delante de él, hablándole para ganarse otra vez su confianza. La madre, empezó a quitarle la ropita para que Eva lo reconociese. El pequeño no dejaba de mirarme y soltando una llorera de incomodidad sin caer en la cuenta que no era yo quien le hurgaba en el vientre, le estiraba las ojeras, le abría la boca con un palito, le hacía tragar otro cuarto de pastilla y le introducía en la boca una jeringuilla con un líquido de sabor desconocido que terminaba relamiendo.

-Tiene que lavar más al niño – le indicó Eva a la madre. Necesita más higiene.

Pascuala hizo su traducción al quechua para que la madre lo entendiese pero creo que el “si mama” era tan solo una respuesta afirmativa sin peso alguno. Eva se dirigió a Pascuala para que le preguntase si podía coger al niño. Al principio el pequeño se rebeló un poco recurriendo de nuevo al llanto pero enseguida se sintió cómodo y tranquilo. Un rato después volvió a los brazos de su madre que estaba sentada en el suelo, envuelto en sus mantitas y con una cara muy diferente a la del día anterior. Un instinto reportero me empujó a fotografiar de nuevo su rostro y su intensa mirada. Había un enorme contraste entre las fotografías de ayer y las de hoy. Sobre todo entre dos. En una, la luz diurna aportaba más vida a las ropas coloridas y a unas caras que aparecían serias. La otra, hecha en la penumbra de la tarde no sé si con la exposición perfecta, refleja la intensidad del momento, la desconfianza y el miedo del niño donde esas diferencias entre negros, marrones y beige que aparecen en la imagen, capturan la atención. Al menos esa es la sensación que llegué a apreciar en esa fotografía cuando pude verlas detenidamente en una pantalla de ordenador.

Volvimos hacia donde estaba el grupo expedicionario con una sonrisa.

-¿Cómo está el pequeño? – preguntó Santi.

-¡Muy bien! – respondimos a la par.

-Eso es una buena noticia.

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